martes, 19 de abril de 2016

Sobre la protesta por el incremento en las matrículas





La mala fe de la Javeriana

Un relato sobre el día en el que los estudiantes organizaron una protesta pacífica para rechazar el alza del 7.5 % en la matrícula y la universidad intentó silenciarla de manera reprochable.

Por: Sextus

            Sonó la alarma a las 5:30 A.M., indicando que ya era hora de iniciar la dolorosa pero inevitable ruptura que todos los días me toca tener con mi cama. “No, hoy no quiero ir a clase, solo tengo esa de siete a nueve y seguro ni va el profesor”. Intenté retomar el sueño en donde lo dejé, pero en seguida me acordé de que ese día era la protesta pacífica organizada por el Comité Estudiantil Universitario (CEU) en contra del incremento del 7.5 % en las matrículas, que esta vez nos representó a los estudiantes de Derecho casi un millón de pesos más.  “El año pasado fue lo mismo. Empecé la carrera en casi siete millones de pesos y ya está llegando a los diez. Pobre los de medicina, pero peor aún aquellos que estudian con créditos del ICETEX. Despierta, tienes que ir”. Y me tocaba ir, por solidaridad a mis padres que tuvieron que replantearse todos sus planes de Navidad al sorprenderse con la cifra que aparecía en el recibo de pago y por solidaridad con esos estudiantes, que si antes se preocupaban por el pago que se les avecina con el ICETEX, ahora sí es verdad que no tendrán tranquilidad.

            Me vestí con ropa negra, como indicaba el CEU, para hacer el plantón al frente de la Tienda Javeriana a la una de la tarde. En la universidad vi a muchos otros, que como yo, se vistieron de negro para manifestarle su inconformidad a la administración central.

            Fui a la cafetería del Giraldo y compré cualquier cosa, ya ni me acuerdo qué compré. Entonces me contó la amable señora que me atendió en la caja que ese mismo jueves había 2x1 en todos los productos de la cafetería desde las 12 P.M. hasta las 2 P.M. “¿En serio?, que raro, no tenía ni idea, ni lo anunciaron…” “Yo tampoco joven, apenas hoy me informó mi jefe de esta promoción”.

            Me senté en la mesa de siempre con los de siempre, y con un correo recibido ese mismo día complementamos la información que sabíamos a pedazos: había 2x1 en las cafeterías del Giraldo y de Básicas, el jueves 19 y viernes 20. Lo confieso, me tomó unos cuantos minutos para hacer la relación entre eso y el plantón. Una promoción nunca antes vista se iba a dar en los dos extremos del campus; a la misma hora en la que planeaban concurrir los estudiantes inconformes en el centro de la Universidad. Precisamente me tomó un tiempo hacer dicha relación porque no podía creer que desde la administración quisieran atrofiar una manifestación legítima de los estudiantes utilizando a los servicios de alimentación. “No puede ser, los jesuitas que tanto énfasis hacen en la misión social de la Javeriana, que dicen ser pluralistas e incluyentes, que nos enseñan ética desde las aulas, ahora van a utilizar estas maniobras sucias en contra de los estudiantes”.

            Seguí en negación, “al fin y al cabo es una simple hipótesis”, me dije. Vi que la jefe de quien me atendió llegó a la cafetería, entonces me decidí a preguntarle. “Señora, buenos días. Cuénteme, ¿por qué va a haber 2x1 hoy en la cafetería? ¿Sí están preparados?” “La universidad quiere celebrar el fin de semestre con los estudiantes, es algo un poco improvisado, pero va a salir todo bien”, me respondió con una sonrisa en la cara. Eso no se lo cree nadie. Su respuesta la delató, no creo que se haya dado cuenta de que en realidad lo pregunté para confirmar la triste teoría. Sí, es una teoría triste. Me dio tristeza saber que mi universidad estaba incurriendo en esos mecanismos. No es la misma universidad que me vendieron en ExpoJaveriana, la que me mostraron en la inducción, de la que me enamoré en los primeros semestres con todo el cuento de la javerianidad.


            Finalmente cayó un aguacero y casi nadie, incluyéndome, asistió a la manifestación. Al día siguiente volví a la cafetería a averiguar por el 2x1, que según lo informado debía seguir. Me llevé la sorpresa de que solo aplicaba para ciertos productos, que no eran más de cinco, a diferencia del día anterior. De esta manera se esfumaron las dudas que me quedaban o que quería que me quedaran, pues me cuesta renunciar a la idea romántica de la Javeriana.  

lunes, 7 de marzo de 2016

OPINION

Y ojalá sea... ¡Una lección bien aprendida!

Autor: Martha Alvear – Sexto Semestre

“Interés público”. Una de los principios de la comunicación social y periodismo, que la muy aclamada docente Astrid  González,  en su carta a Vicky Dávila, considera que se ha violentado.  
En sus palabras: -“No se me ocurre en qué estaba pensando cuando creyó que una conversación de esas podría ser de interés público”-. Y es entonces, en este punto, cuando mi respaldo e identificación total con cada palabra de ese escrito cae en declive.

Si entendemos interés público de la manera tal que el receptor espere recibir con ansias una noticia trascendente de temas que comprometan a la Nación, entonces, sí, “Señora Vicky… No hay nada de interés público en lo que usted ha hecho viral”. Pero, lastimosamente, si ese gran concepto base de Astrid es aterrizado a la realidad, encontraremos que el interés público en Colombia, se ajusta más a aquello que alimente una parte interna que todos tenemos, donde la banalidad lleva izada la bandera.
Lastimoso, sí; pero así es. El morbo se ha convertido en los puntos que elevan el famosisímo raiting, en el sustento de los periodistas, en el alimento del ego de estos por ganar protagonismo mediático  y, de hecho, muy seguramente a través de él, han creído llenar expectativas tanto de receptores como la de ellos mismos.  La verdad, en esa medida, no los juzgo. Al final del día, deben estar acostumbrados a ser aplaudidos por su excelente labor.

Esta vez, todo ha llegado muy lejos; o como dirían por ahí, se tocaron fibras delicadas.
 
Entiendo que cuando hay una verdadera intención de colaborar con la justicia, la publicación de un video que evidencia tanta intimidad, cobra un poquito de legitimidad, -no mucha, pero algo-.  Pero, la verdad sea dicha: el video no es indicio de nada. No hay muestras de  que el Sr. Ferro estuviera involucrado en una supuesta red de prostitución; por el contrario, se quiso forzar la conversación con claras intenciones de obtener respuestas que comprometieran al ex viceministro, pero el objetivo, evidentemente, no se logra.

Contra todo pronóstico, la publicación del video fue, primero, un error, y segundo, una estrategia, según mi parecer, para mover a las masas del país;  utilizando al implicado como un peón en un gran juego de ajedrez.

Hay un ambiente de desasosiego, incertidumbre y tristeza. No dejo de preguntarme,  ¿Cómo será de la cotidianidad de esta familia luego de ser el blanco de un país entero? ¿Será que seguirá vigente el matrimonio entre Ferro y su esposa Marcela? ¿Serán sus hijos objeto de bullying? O mejor aún, ¿si entienden sus hijos que podrán pasar  a ser recordados por lo sucedido con su padre?
Quién sabe.

Para mi gusto, todas las declaraciones dadas por la pareja, no son más que un libreto preparado de común acuerdo, que contiene conclusiones a las que debieron llegar luego de mucho discutir. Todo como si fueran a dar ambos, una rueda de prensa.

Sin embargo, aunque cada palabra haya sido calculada, no se puede negar lo pertinente que estas fueron para bajar los ánimos, y,  tampoco, puede negarse que la heroína de toda esta historia es Marcela, la esposa, quien hoy resulta ser el lado positivo de un oscuro episodio. Ella, tuvo el decoro y la valentía de proteger a su familia antes que seguir alimentando el morbo que muchos colombianos deseaban escuchar, lo que muestra una gran lección de entereza y decencia.
Y por si se nos olvida… Un fósforo o una colilla de cigarrillo generan un incendio.

Deseo que este triste momento quede grabado en el corazón y memoria de quienes hoy ejercen el periodismo y de nosotros los colombianos, de tal forma que ese concepto de interés público que ha venido tergiversándose por el amarillismo y morbo al que nos hemos acostumbrado, sea lo que debió ser desde un inicio, y así, las noticias puedan darse de una forma comedida, guardando la integridad de los intervinientes y terceros implicados.


OPINION

La paz y su geometría

Autor: Alejandro Moreno – Nuevo Miembro del Consejo Editorial de Foro Javeriano.

Un valioso profesor de primer semestre reservaba su última clase para hablar de la gestión hecha para conseguir la construcción del edificio Gabriel Giraldo que fue inaugurado en junio de 1993, pocos meses después de la muerte del histórico decano que estuvo al frente de la facultad durante cuarenta años, y que educaba afirmando que el Derecho no es ni conservador ni liberal y tiene para todos, los mismos principios, sólidos e inconmovibles.

La construcción del edificio fue uno de los principales objetivos de la Fundación Gabriel Giraldo, gestada por los discípulos del padre, y se financió no con recursos de la universidad, sino con los aportes voluntarios de los egresados, muchos de los cuales el clérigo ayudó a ubicar laboralmente y a posicionarse en las altas esferas del gobierno, ya fueran liberales o conservadores. La fundación, recuerda el valioso profesor, tomó por símbolo una bandera tripartita: una franja roja separada de una azul por una blanca. Acaso un símbolo de neutralidad o un llamado a la paz entre uno y otro de los partidos que protagonizaron el conflicto que, con mutaciones discursivas e innovaciones bélicas, derramó la sangre de todo un siglo. Hasta que un pacto en Alicante, y otro en Cataluña fijaron una paz formal entre dos élites que encontraron como coagulante la repartición periódica del poder.  Una paz fabricada que no fue suficiente y que cuya estrechez sirvió de aliciente al surgimiento de otras formas de violencia. A un nuevo y más complejo conflicto que en pocos años desplegó toda su furia contra el establecimiento y contra el país, blindado financieramente por lucrativos negocios ilícitos.

Dos víctimas de esta nueva ola de violencia tienen un espacio de recordación en la entrada del primer edificio de la facultad: Álvaro Gómez Hurtado y Luis Carlos Galán Sarmiento. El primero fue secuestrado durante largos meses por la escuadra Jaime Bermeo del M-19, y el segundo fue asesinado en Soacha por órdenes del Cartel de Medellín en situaciones que aún la justicia no ha terminado de desvelar. Además de su común condición de víctimas, ambos son íconos de sus ideas, y de sus partidos. En medio de sus bustos, ubicados en el muro izquierdo de la entrada del Giraldo, se encuentra una pared en blanco. Podemos ver entonces como esa concepción de liberales y conservadores unidos por la paz tiene un espacio simbólico en el diseño del edificio. Por otra parte, el patrón de la bandera de la fundación, materializado en el edificio, evoca a un particular estudiante de la facultad con quien el padre Giraldo estuvo en especial desacuerdo: Carlos Pizarro Leongómez, último comandante del M-19, cuya bandera alude la misma interpretación semiótica.  Pero esta representación incolora adquiere una tercera dimensión cuando se voltea la mirada hacia el otro extremo de la playita, donde se encuentra la capilla del edificio, a la cual le da la bienvenida una escultura de San Ignacio de Loyola, que fija su mirada de piedra sobre el muro intermedio. ¿Liberales y conservadores unidos por la Iglesia? ¿Liberales y conservadores guiados por la compañía de Jesús? 


La interpretación sobre el triángulo escaleno que se dibuja en la playita del Giraldo quedará a la imaginación del lector, pero cobra especial atención hoy en día, cuando la palabra paz hace parte de nuestro vocabulario diario, tanto para defenderla, como  para cuestionarla y atacarla. Hace quizás falta detenerse a observar e intentar descifrar la ecuación que cada día se plantea en nuestras narices, y que tiene algo por decirnos.

OPINION

Doctores despotricando

Autor: Santiago Bonivento – II Semestre

Soy un fiel convencido que la verdadera paz, esa estable y duradera que tanto busca el presidente Santos con la guerrilla de las FARC, no vendrá solo con la firma de un papel ni con la implementación de los acuerdos. Y, lo que en teoría debería unir como valor supremo, ha supuesto un gran enfrentamiento entre quienes apoyan y quienes tienen reparos por el proceso. En este sentido, el oponerse, con argumentos sólidos y bien fundamentados, no puede convertirse en un estigma para quienes poseen reparos por lo aprobado o por la forma como se ha llevado a cabo la negociación. Sin embargo, más que hacer un análisis detallado de este fenómeno, me gustaría tratar un hecho innegable que, cada vez más, me demuestra que los colombianos somos doctores en despotricar sesgados por la pasión y por el odio profundo hacia alguien determinado.

Un país que busca la paz no puede pretender alcanzarla si sus líderes, quienes pueden tomar decisiones armónicas y basadas en el bien común, se enfrascan en peleas por cualquier razón. No es sano para la democracia pero, ante todo, es un gravísimo error hacia las generaciones futuras, proclives a seguir a quienes salen en el noticiero hablando duro sin hacer un análisis detallado de lo que dicen, de cómo lo dicen y de la razón por la que lo dicen. Me considero un vehemente escudero de defender un pensamiento diferente, de la oposición con sustento, pero me opongo radicalmente a la individualización de dicha oposición, que tiene como resultado a corto plazo el salir en la portada del periódico, pero que no alcanza a dimensionar las consecuencias que trae a largo plazo.

Ahora bien, creo a ciegas que somos los jóvenes quienes debemos empezar a cambiar lo anteriormente dicho. Perfectamente me puedo oponer a la firma en La Habana, pero debo tener razones para hacerlo, dejando de lado el argumento simplista de decir que es porque soy uribista. De la misma manera, me puedo oponer a la decisión de Peñalosa, en Bogotá, de construir un metro elevado, pero debo tener razones más allá de decir que lo justifico porque Petro argumentaba lo contrario. O puedo defender una decisión del procurador, sin que esto se traduzca en insultar a quienes la consideran, estando en su libre derecho, fuera de contexto o desproporcionada.

 Si algo le ha hecho daño a Colombia es la carencia de la misma sociedad para argumentar alejada de la visceralidad, del fanatismo y de la pasión desbordada. El hecho de que seamos expertos en inventarnos cualquier acontecimiento para despotricar sin parar de aquel que piensa distinto y opina distinto, me hace suponer que vivir en un país en paz, en donde la polarización se limite al debate y a la argumentación sustentada, será más difícil de lo que nos podamos imaginar. Si no logramos dar el salto argumentativo y de madurez, no habrá desmovilización, justicia transicional, otorgación de curules a guerrilleros o Asamblea Nacional Constituyente que valga para lograr ponerle los dos adjetivos a esa paz que tanto hemos añorado en nuestro país: una estable y duradera.

La pregunta es sencilla: ¿queremos, como jóvenes, dirigir nuestro país a punta de dañarle el caminado al otro? O, formulada de otra manera, ¿queremos vivir el día a día tal cual como nuestros líderes lo viven hoy por hoy?